viernes 23 de noviembre de 2007

ESPAÑAZOS.- Moncho Alpuente

“Es español el que no puede ser otra cosa” esta irónica y escueta definición no pertenece, como pudiera parecer, al acervo de un apátrida descreído de la izquierda sino al de un político conservador de la derecha más rancia, Cánovas del Castillo, y su aserto no parece un mal referente en estos días en los que la parroquia cavernaria saca a pasear sus banderas, con águila o con escudo, anticonstitucionales con pájaro o constitucionales con corona a juego, banderas como armas arrojadizas para liarse a españazos, hasta que España duela de veras, banderas como banderillas sobre la piel del toro. Las aguas enturbiadas de los nacionalismos periféricos que quieren separar partes del intangible todo, pura esencia de España en frascos autonómicos, han sacado de sus casillas y de sus castillos a los pescadores de río revuelto, patriotas acérrimos y totalitarios.

Cuando las cosas públicas se revolvían y el descontento empezaba a cundir en la población, el superlativo dictador de todas las Españas, hacía ondear la bandera nacional ante la roca de Gibraltar y con dos capotazos encauzaba el paso de miles de sumisos cabestros. Hoy los mayorales del PP han puesto un Gibraltar en cada esquina del mapa y sus rebaños han ido al trapo con desgañitada disciplina contra los que agitan senyeras o ikurriñas con afanes separatistas, y, mientras ellos discuten por una España de galgos y podencos, el trabajo es cada día más precario, disminuyen los derechos y crecen las hipotecas, los ricos siguen robando a mansalva a los pobres, les estafan, les acorralan y además se enorgullecen de ello publicando los enormes beneficios de sus negocios sucios bendecidos por la ilegalidad vigente.

Los obispos predican la guerra santa desde sus púlpitos y sus fieles enardecidos rezan y cantan, desfilan y procesionan, exhuman a sus presuntos mártires y avivan las inquisitoriales hogueras. Cortinas de humo y nubes de un incienso que huele a pólvora. Los españoles que no pueden ser otra cosa y los que no quieren serlo por más tiempo se enzarzan, azuzados por sus líderes irredentos. El patriotismo consiste, como decía el clarividente humorista Perich, en que un gilipollas se sienta orgulloso de que un genio haya nacido en la casa de al lado. Mariano Rajoy viene de proclamar que él se siente orgullosísimo de toda la Historia de España, gilipollez patriótica en grado sumo, delito de lesa imbecilidad.