miércoles 28 de noviembre de 2007

AFOTOS33.-AVISO DE VACACIONES


FOTO DE ALVARO TOLOSA. Puente del Pilar en Vitoria.

EL CORREO DE GANTRY.- USTED ES EL PADRE DE UNO DE MIS NIÑOS

Un tipo está en la fila del supermercado, cuando una rubia escultural le saluda agitando la mano, y le lanza una de aquellas sonrisas estremecedoras.

El tipo mira hacia los lados, hasta que se convence que es con él. Decidido, deja la fila y se acerca a la bella mujer.

Suavemente le dice: "Disculpe... ¿nos conocemos?"

Ella le responde con una sonrisa encantadora: "Pues... tal vez yo esté equivocada, pero me parece que usted es el padre de uno de mis niños."

El tipo se queda boquiabierto, mientras su memoria trabaja a gran velocidad, intentando recordar los detalles de la única vez que le fue infiel a su esposa.

Extrañado le dice: "¡Oh! no me diga que usted es aquella stripper que en la despedida de soltero de mi amigo me comí encima de la mesa de billar, en medio de aquella tremenda orgía, completamente borracho, mientras una de sus amigas me flagelaba jalándome los huevos y metiéndome un pepino por el culo."

"Bueno... no exactamente," responde ella visiblemente avergonzada. "Yo soy la nueva profesora de su hijo".

sábado 24 de noviembre de 2007

CARTA ABIERTA A UN DIRECTOR MÉDICO.- Arturo Valledor de Lozoya

Estimado compañero:

Hace algunos días te dirigiste a mí por carta para que diera respuesta a la reclamación de una usuaria. Al efecto te envío copia de la sentencia que un juez ha dictado contra ella por insultarme al no haber obtenido la baja laboral que improcedentemente deseaba. Espero que así te des cuenta de que no es a mí a quien debes pedir explicaciones sino a ella, lo que, conociendo la forma en la que soléis actuar en las direcciones médicas, probablemente no hagas. Quisiera rogarte que, en lo sucesivo, cuando recibas alguna reclamación sobre un médico, te preguntes no qué ha hecho un compañero tuyo de profesión sino qué ha escrito sobre él un desconocido, sobre todo si, como es mi caso, se trata de un compañero a quien conoces hace años. A este respecto he deplorado que, al dirigirte a mí en tu calidad de director médico, ni la forma ni el fondo de tu carta me hayan parecido consonantes con el compañerismo. La forma por fría y carente de un elemental encabezamiento de cortesía, especialmente viendo las respuestas que desde la dirección suelen darse a las reclamaciones, en las que, aparte de parecer que se concede la razón a quienes las formulan lamentando “su disconformidad con el trato recibido por el facultativo”, se usa como fórmula de encabezamiento la de “distinguido señor” o “distinguida señora”. En cuanto al fondo de tu carta, tampoco me ha parecido propio de compañeros que me hagas sospechoso de los hechos que la reclamante me imputa y me instes a contestarlos a la mayor brevedad.

Para empezar, lo primero que a mi modesto juicio deberíais preguntaros los directores médicos es si es justo que en los centros de salud haya hojas de reclamaciones en las que cualquiera, por lo general un usuario animado de injustificado rencor hacia un médico por no haber obtenido de él lo que quería, pueda escribir lo que también por lo general son falsedades contra dicho médico, en tanto que no existe documento al uso donde los médicos podamos reclamar contra los usuarios causantes de conflictos. El agravio comparativo es tanto mayor porque, a tenor de recientes encuestas y para vergüenza de quienes estáis en puestos de gestión y no hacéis nada por evitarlo, dos tercios de los facultativos que trabajamos en la sanidad pública española hemos sido agredidos de palabra o de hecho en el correcto ejercicio de nuestra profesión, y un tercio lo hemos sido varias veces. Estos datos son tan graves que el Colegio de Médicos de Madrid ha tenido que habilitar - por primera vez en la Historia de la Medicina - un servicio jurídico especial destinado a la defensa de sus numerosos colegiados agredidos, al que por cierto estoy muy agradecido, y también ha tenido que distribuir un cartel para poner en las consultas anunciando que tomará medidas legales contra los agresores, cartel que, por cierto, se halla presente en la puerta de la mía y que la reclamante que motiva esta carta ha podido leer, como se ve haciendo caso omiso a lo que en él se expresa. Hace unas semanas me encontré con un pediatra amigo: tenía en la frente dieciocho puntos de sutura ocasionados por el salvaje puñetazo de un usuario. Te pregunto: ¿acaso dos tercios de los usuarios del sistema público de salud han sido insultados o pegados por los médicos que en él trabajamos? ¿Conoces un sólo caso? Entonces ¿por qué en las direcciones médicas y gerencias prestáis tanta atención a las reclamaciones de aquellos mientras desoís las quejas de vuestros compañeros sobre las constantes agresiones de que somos objeto?

Al respecto de esas reclamaciones, afirmo – y prueba de ello es el caso que nos ocupa - que actualmente constituyen un instrumento más de maltrato a los médicos añadido a las faltas de respeto, insultos, amenazas y violencia física que con tan harta frecuencia recibimos en el ejercicio de nuestra profesión, un maltrato cuya causa última hay que buscarla en lo que Quevedo expresaba como “lo que nada cuesta en menos se valora”. El menosprecio a la figura del médico se ha agravado además desde que los usuarios pueden cambiar de facultativo tantas veces como quieran, cosa que hacen con frecuencia no sin antes poner una reclamación al que, como un pañuelo de papel usado, dejan por no haber sido el lacayo sanitario que buscaban para mirarles cada tres meses el ombligo, o sea, el colesterol, y el zinc en caspa cada seis; hacerles las recetas de la sociedad médica a la que, según dicen al entrar en consulta, “tienen que ir porque la seguridad social es una mierda”; darles prolongadas bajas laborales y extenderles justificantes de no haber ido al trabajo cada vez que vienen a pedir uno contando que se marearon, tenían diarrea, durmieron mal, les picaba el escroto o cualquier otra monserga no objetivable clínicamente, justificantes cuya obtención constituye nada menos que el 40% de las “urgencias” que se atienden en mi centro de salud. Me pregunto en qué país del mundo se consiente semejante abuso en las urgencias médicas, que te recuerdo se definen como aquellas situaciones que comprometen la vida o la función de un órgano.

No tengo que decir que, en este estado de cosas, los médicos que se avienen a hacer cuanto los usuarios quieren son los que nunca o muy rara vez tienen una reclamación. Con la experiencia que me dan treinta años en la sanidad pública, afirmo que, salvo excepciones que confirman la regla, cuantas más reclamaciones tenga un médico de Atención Primaria más puede paradójicamente inferirse de ellas que cumple con sus deberes y más se esfuerza en evitar gastos al erario público y a los presupuestos en Sanidad, gastos desde luego originados por el uso y abuso de los usuarios, pero también por la poco competente actuación de los gestores del sistema, que no os atrevéis a parar tales excesos pese a que el sistema amenaza últimamente con el colapso y la ruina.

Además, he de señalar que la mayoría de las reclamaciones contra los médicos se producen cuando, debido a la falta de suplentes - que en esto sí hacéis por ahorrar - hemos de pasar gratuitamente la consulta a compañeros ausentes, sobre todo si, para evitarse aquellas, se trata de compañeros que han acostumbrado a sus usuarios (horrorosa palabra que ha sustituido a “enfermos” o “pacientes”, los verdaderos objetos del interés de los médicos) a obtener cuanto pidan y que ha hecho de algunos, en particular de los más jóvenes, “mal criados sociales” que creen tener sólo derechos pero no deberes. Es el caso de la reclamante que nos ocupa, porque, cuando a una persona de 27 años se da la baja laboral medio año por lumbalgia sin que se evidencien lesiones, se la incita a convertirse en una parásita social que acabará por creer que se le debe dar una pensión vitalicia por invalidez, por lo que, si un médico le de el alta, le insulta y luego se permite además ponerle una reclamación para que, leída por sus superiores, le perjudique. Lo peor es que los superiores parece que entráis a menudo en el juego a juzgar por las contestaciones que dais a las reclamaciones y los sombrerazos a los “distinguidos” usuarios que las escriben, lo cual incita a estos a formular nuevas reclamaciones contra los médicos o a pasar a agredirlos. A este respecto puedo exhibir otras dos sentencias condenatorias de usuarios que, tras haberme agredido verbalmente, escribieron reclamaciones contra mí por las cuales la dirección inquirió como si yo fuera culpable de lo que escribieron. Creo que la llamada “satisfacción del usuario”, preconizada desde las direcciones médicas como si la Atención Primaria fuese un comercio regido por el lema de que “el cliente siempre tiene razón”, debe tener un límite, al menos el de no apoyar al delincuente.

Qué pronto olvidáis quienes en la Atención Primaria accedéis a puestos de gestión vuestra anterior práctica de la misma, cuando erais objeto no sólo de los abusos de los usuarios sino de los gerentes, escatimando la contratación de médicos suplentes o haciendo a estos compañeros en precaria situación económica mezquinos contratos semanales para evitar pagarles los fines de semana. Me veo moralmente obligado a recordaros a quienes sois médicos y estáis en puestos de gestión que la mayoría de vosotros no habéis accedido a ellos por méritos propios, al menos demostrados, sino por la perversión de un sistema que ha hecho que en una profesión científica como es la Medicina, en la que por tanto sólo cabe ascender a través de la ciencia (curriculum y concursos de méritos) o de la experiencia (antigüedad laboral), se ascienda por amiguismo y, en definitiva, por hacer el juego a malos políticos que, prostituyendo la práctica de la profesión médica, usan la Sanidad Pública para dar al usuario, o sea, al votante, cuanto quiera y con ello recabar los votos que les permitirán proseguir en el cargo. Aquel lema de gobierno que en la antigua Roma se enunciaba como panem et circenses ha sido hoy sustituido por “Gran Hermano - o cualquiera de los degradantes programas de TV al uso - y urgencias”. Favorece además a esos malos políticos que los médicos tengamos miedo, como ciertamente tenemos; miedo a ser demandados porque sabemos que la Medicina es y será, pese a los adelantos de la técnica, una ciencia conjetural y probabilística; miedo a ser agredidos. El miedo nos hace sumisos ante nuestros jefes, liberados de él porque ya no realizan actos médicos, y desde luego ante los usuarios, en los que, a través de continuos programas televisivos sobre supuestos errores médicos (jamás he visto uno sólo de gratitud ante tantísimas vidas como salvamos cada día), se alienta la desconsideración hacia profesionales en cuyas manos han de poner su salud. En el colmo de la demagogia, esos políticos incluso han otorgado a los usuarios una falacia a la que han dado en llamar “derecho a la salud”, un derecho a todas luces inexistente y en evidente contradicción con la única certeza de la vida, que es la de la muerte, la cual, como es obvio, siempre se produce por falta de salud y de ello no tenemos la culpa los médicos; por eso tampoco tenemos obligación de curar sino sólo de tratar de curar, cosa que la gente parece haber olvidado. No me extrañaría ver a alguien que, para hacer campaña electoral, prometa a las masas la subvención de la inmortalidad a cargo del sistema, y que el que enferme o se muera reclame a su médico. Como además hay en España gran cantidad de titulados en Medicina en paro, es decir, abundan las “piezas de repuesto”, esos malos políticos no tienen reparo en sacrificar a sus intereses a una generación entera de médicos. No les faltan los cómplices en la profesión, los colaboracionistas a los que Lenin llamaba “los tontos útiles” y “los compañeros de viaje”, es decir, los paniaguados y corifeos que de otra forma no hubiesen llegado profesionalmente a nada y que, crecidos en sus cargos, acaban por creerse su inexistente valía.

Es muy difícil reunir dos poderes, el médico y el político, sin que uno de los dos o los dos se pervierta, pero, en tanto que un puesto político es fugaz y se halla sujeto al impredecible oleaje de los tiempos, ser médico es para siempre. Por eso debo deciros a quien tenéis cargos como directores médicos y gerentes que, antes que otra cosa, recordéis lo que principalmente sois, y también que no sois vosotros los que estáis salvando un sistema de Salud Pública que hace aguas, sino los médicos de a pie con nuestro no reconocido esfuerzo, pese a que también somos los médicos peor retribuidos de la Comunidad Económica Europea y los peor tratados, no sólo por nuestros jefes y por los usuarios sino hasta por las enfermeras y secretarias que se supone son nuestros ayudantes; digo “se supone” porque últimamente lo niegan en base a la generalizada confusión de la democracia en política con la democracia en la vida laboral, una confusión destructiva para la sociedad porque así puede acabar dirigida por un despotismo no ilustrado de la mayoría sin preparación. Muestra externa de esa confusión, permitida y aún alentada en los centros de salud por las direcciones, es que la primera regla que tiene que aprender un usuario al entrar en ellos es saber quién es el médico entre trabajadores uniformados por igual, usurpación de la tradicional bata blanca de los médicos por parte de otros trabajadores sanitarios (todavía no se ha visto - pongo por caso - que los secretarios de los juzgados usen toga, o los camareros de barcos uniformes de contramaestre). Esto en cuanto a la forma, pero lo verdaderamente grave es la uniformidad en el fondo, la que, por ejemplo, ha hecho que la opinión de un médico titular desde hace muchos años como yo tenga igual valor que la de la secretaria suplente desde hace pocos meses. Así ocurre en las jacobinas “reuniones de equipo”, paradigma de esa patética confusión entre la igualdad que todos tenemos en derechos y respeto con la igualdad que no todos tenemos en conocimientos y responsabilidades y por tanto en capacidad de decisión ni en la legítima autoridad que de ello se deriva. Es también una mal entendida y perversa democracia la que da lugar a que los coordinadores de los centros de salud sean escogidos a votos por los miembros del equipo, y la que hace que existan médicos que acepten ser nombrados de este modo. ¿Desde cuándo los médicos nos hemos hecho jefes de nuestros compañeros a través de los votos de celadores, secretarias y enfermeras? ¿Desde cuándo se tiene por democrático y no por una insensatez que los capitanes de barcos sean elegidos en reuniones conjuntas de oficiales, marineros, caldereros y electricistas cuyas opiniones cuentan por igual? ¿Se escoge en los hospitales a los jefes de servicio por votación del personal no médico que en ellos trabaja? Entonces ¿por qué se hace así en los centros de salud? Significativo de la intencionada fractura en la lógica jerarquía que en ellos debiera existir fue que, antes de inaugurar el centro en el que ejerzo, el anterior gerente dispuso que quienes íbamos a trabajar en él representásemos antes un ridículo psicodrama en el que los médicos hacían de secretarias, las enfermeras de pacientes y los celadores de médicos. Él, por supuesto, hacía de gerente. No hay duda de que Platón estaba en lo cierto al afirmar que la corrupción de la democracia es la demagogia en la misma medida que la de la monarquía es la tiranía.

También debo recordaros que para ser un buen jefe hacen falta responsabilidad y sabiduría para el cargo, comprensión con los problemas de los subordinados y desde luego valor, como el de aquellos mariscales y generales de antaño que, al igual que Ney en Waterloo, lord Cardigan en Balaklava o Rommel en los desiertos del norte de África, prohibían que nadie los sobrepasara en combate. Por desgracia, la actitud de los jefes que hasta ahora he tenido en Atención Primaria me ha venido recordando más a la de aquel otro general de la Primera Guerra Mundial que, en la película de Stanley Kubrick “Senderos de gloria”, ordena desde la retaguardia que la artillería dispare contra sus propios soldados para que estos avancen y tomen una posición imposible y, al no conseguirlo, que se fusile por cobarde a un soldado de cada una de las compañías que dirige y se incoe una corte de honor al teniente que ha osado protestar ante tal abuso, pese a haberse jugado la vida en una acción en la que perecieron la mitad de sus hombres.

Salvo honrosas excepciones - que las hay - es la mediocridad de los mandos en Atención Primaria la causa de que la única carrera que los médicos que trabajamos en ella podamos hacer sea la de correr a nuestras casas acabado el trabajo para tomar un ansiolítico o un antidepresivo. Mandos mediocres son los que nos han quemado en su beneficio a profesionales altamente cualificados; quienes, como en mi caso, tras treinta años de ejercicio de la Medicina y un centenar de trabajos publicados me han convertido en escribano de papelitos para quienes usan mi trabajo a fin de justificar que no han ido sin motivo al suyo y que encima reclaman o te insultan cuando no haces lo que quieren. Mandos mediocres son quienes, en los hospitales universitarios, han quemado también a mis maestros, mis verdaderos jefes por su ciencia y su experiencia; catedráticos, jefes de servicio y adjuntos a los cuales veo desesperanzados al borde de la jubilación tras haber pasado los últimos años de su vida laboral en la amargura y la falta de reconocimiento. Mandos mediocres son, en definitiva, lo que nos han conducido a más del 50% de los médicos españoles a padecer síndromes de “burn-out” y cuadros depresivos de causa laboral y que son indiferentes a esto. ¿Qué cabría pensar de las aptitudes de capitanes de barcos indiferentes al hecho de que más de la mitad de sus tripulaciones padece escorbuto?

Pese a pertenecer a la primera promoción de médicos de familia, no he llegado jerárquicamente a nada, ni siquiera a coordinador, y, cumplida ya la mayor parte de mi vida profesional, probablemente no voy a llegar a nada. Ello, habida cuenta de la situación en que la Medicina se encuentra en España, no habla de mis deméritos sino en todo caso de la probidad de mi trayectoria, que, lejos de haberme llevado a medrar en los círculos de donde salen los nombramientos por amiguismo o por estar afiliado a un partido político, el que sea, me he llevado a dedicarme a mis pacientes, que haberlos buenos y agradecidos aún haylos, y también a dedicar mis ratos libres a contribuir a la ciencia médica y a su didáctica con mis libros, modestas aportaciones mías a la clínica y a la salud pública. Yo he tratado, por encima de todo, de seguir las enseñanzas científicas y morales de quienes fueron mis maestros, los eminentes maestros que, por mi edad, tuve la suerte de conocer; grandes señores de la Medicina como lo fue don José Casas, quien, además de Patología General, me enseñó a ser médico desde la humanidad, o como don Juan José Vázquez, jefe de Medicina Interna en la Ciudad Sanitaria La Paz, de quien aún pude mamar algo de la tradición de la mejor medicina clínica española, que a él le llegó del profesor don Julio Ortiz Vázquez y a este del célebre don Carlos Jiménez Díaz. No obstante, a lo que por edad y dignidad sí considero haber llegado es a no callar lo que pienso, sobre todo si de ello puede redundar un beneficio para mi profesión; a expresar la verdad, sea políticamente correcta o no, porque a los caballeros, igual que a los sabios, no nos interesa lo políticamente correcto sino sólo lo correcto y porque en todo caso es más incorrecto saber la verdad y callarla o alabar el vestido de aquel emperador del cuento de Andersen que iba desnudo; en definitiva, a poder decir como Quevedo le dijera al poderoso Conde Duque de Olivares, lo de que “no he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca ya la frente, silencio avises o amenaces... expediente”.

Decía el catedrático del siglo XIX de Patología General don José de Letamendi y repetía Gregorio Marañón que “el médico que sólo sabe de Medicina ni siquiera de Medicina sabe”. Hoy, en la “edad de barro” en la que está sumida la Medicina española y especialmente en la degradada Atención Primaria, cada vez es más difícil encontrar a un médico que de verdad lo sea entre tanto técnico de la llamada “Medicina de la evidencia” que pasa consulta mirando a la pantalla del ordenador y no a los ojos de los pacientes, tantos titulados jóvenes y sumisos con horchata en las venas que se hacen especialistas en la muy cara “Medicina de la complacencia” y a los que los usuarios llaman “chiquitos” y “chiquitas” que no “doctores” y “doctoras”, tanto mercachifle de templo de Esculapio, tanto proxeneta de sus compañeros de profesión y, en fin, tanto-tanta “amigo-amiga de” y tanto personaje insignificante que ha conseguido auparse dos milímetros por encima de sus compañeros gracias a su principal mérito, el de, en el concepto lamarckiano de “la función hace al órgano”, tener la lengua más larga, de tanto introducirla en angosturas, que un mirmecofágido (osos hormigueros) o que la mariposa esfíngida de las selvas malgaches cuya existencia predijera Darwin antes de que fuera descubierta.

A veces me pregunto qué sentido tiene ser un médico insatisfecho y maltratado en el sistema sanitario cuando en el mismo se puede ser usuario satisfecho y mimado. Me dan entonces ganas de solicitar a mi médico de cabecera la baja por el síndrome de “burn-out” que padezco o por la lumbalgia crónica que también padezco y que, a diferencia de la reclamante que motiva esta carta, yo sí puedo documentar con pruebas complementarias que evidencian una espondilolistesis y una hernia de disco, lesiones con las que voy a trabajar desde hace treinta años. Eso por no hablar del edema escrotal que - perdona que te lo diga - me produjo la lectura de tu carta, ni de los 105 milímetros de tensión arterial diastólica que me tomé al llegar a casa, ni de los “efectos colaterales” del asunto, como un estado de ánimo que arruinó el cumpleaños de mi mujer, por cierto, afecta de una grave hipertensión pulmonar esencial por la cual jamás se ha dado de baja un solo día.

Me gustaría que, cuando leas esta carta, tengas en cuenta que quien la ha escrito es un médico que se ha hecho eco de muchísimos otros médicos hastiados de lo que actualmente ocurre en la Sanidad Pública con el beneplácito de sus gestores. He decidido publicarla para que empiecen a conocerse las penosas circunstancias en las que trabajamos los facultativos de Atención Primaria. Tal vez a alguien con dignidad para el cargo que ostenta y con amor a la sagrada profesión médica si es médico, o a la política con mayúsculas si es un buen político, no de los del “pan y circo” que tanto abundan, se le abran las carnes - y las conexiones neuronales - y decida que prefiere ser el teniente sabio, valiente y querido por sus soldados al que Kirk Douglas dio vida en la pantalla que el inepto, petulante y desalmado general condecorado de “Senderos de gloria”.

Espero que también valores que si me he molestado en escribirte tan extensamente es porque creo que mis palabras pueden hacerte meditar, y por tanto, porque creo tienes la capacidad mental y moral para, desde el cargo que ocupas, aunque no sea muy alto, hacer más digna tu profesión, que insisto en señalarte no es la de político y mucho menos la de sirviente de político. Debes tratar de devolver a tus compañeros la consideración que no sólo merecemos sino que necesitamos para ejercer esta difícil profesión nuestra que sólo puede ejercerse desde la dignidad, no desde el temor o el servilismo, puesto que, como la de juez o la de maestro, precisa del principio de autoridad para ser ejercida. Los médicos de Atención Primaria ya no creemos en el buen talante ni en las vanas promesas de mejora que llevamos oyendo años mientras, por contra, percibimos que todo está cada vez peor. Queremos realidades, como la existencia de un elemental orden jerárquico en los centros de salud. Que, puesto que somos frecuentemente agredidos en ellos, haya vigilantes y dispositivos de alarma en las consultas para evitar esas agresiones o que al menos haya testigos para que no queden impunes. Que haya un reglamento de conducta para los usuarios y que se sancione con la no prestación de la asistencia pública durante un tiempo a los que agreden o crean situaciones conflictivas. Que los coordinadores sean compañeros que nos representen, elegidos por sus méritos y su antigüedad profesional antes que por el voto de trabajadores de otros estamentos. Que haya más suplentes y a estos se les hagan contratos dignos. Que los salarios de los médicos sean parejos a los de otros funcionarios del mismo nivel de titulación y de responsabilidad legal. Que los usuarios empiecen a valorar mediante el co-pago de algunas prestaciones de las que abusan, como los servicios de urgencia, la atención domiciliaria o la justificación del absentismo laboral, que, aunque disfrutan de uno de los mejores sistemas de seguridad social del mundo, no pueden mal usarlo, y sirva de muestra de dicho mal uso una de mis consultas de hoy, protagonizada por una madre que solicitaba un justificante médico para su niño porque había llegado tarde al colegio. En definitiva, que dejemos de ser sólo los médicos quienes, en un ambiente social y laboral hostil, sin el apoyo de nuestros jefes, mal retribuidos y sin incentivos científicos - no se hacen largos estudios de Medicina para justificar que los niños llegan tarde a clase - sostengamos la viabilidad del sistema de Salud Pública. Si desde el cargo que ostentas no puedes mejorar la práctica de tu profesión siquiera un poco, lo más honesto sería dimitir. Otros mejor provistos de esas tres cosas que antes señalé como necesarias para ser un buen jefe tal vez puedan.

Con respeto y afecto, aunque no lo parezca, te saluda:

(Arturo Valledor de Lozoya)


*Considero que en su contexto general, sigue tan vigente hoy en día, como cuando D. Arturo Valledor la escribió. (Aproximadamente Enero del 2005) Es mi opinión.



viernes 23 de noviembre de 2007

ESPAÑAZOS.- Moncho Alpuente

“Es español el que no puede ser otra cosa” esta irónica y escueta definición no pertenece, como pudiera parecer, al acervo de un apátrida descreído de la izquierda sino al de un político conservador de la derecha más rancia, Cánovas del Castillo, y su aserto no parece un mal referente en estos días en los que la parroquia cavernaria saca a pasear sus banderas, con águila o con escudo, anticonstitucionales con pájaro o constitucionales con corona a juego, banderas como armas arrojadizas para liarse a españazos, hasta que España duela de veras, banderas como banderillas sobre la piel del toro. Las aguas enturbiadas de los nacionalismos periféricos que quieren separar partes del intangible todo, pura esencia de España en frascos autonómicos, han sacado de sus casillas y de sus castillos a los pescadores de río revuelto, patriotas acérrimos y totalitarios.

Cuando las cosas públicas se revolvían y el descontento empezaba a cundir en la población, el superlativo dictador de todas las Españas, hacía ondear la bandera nacional ante la roca de Gibraltar y con dos capotazos encauzaba el paso de miles de sumisos cabestros. Hoy los mayorales del PP han puesto un Gibraltar en cada esquina del mapa y sus rebaños han ido al trapo con desgañitada disciplina contra los que agitan senyeras o ikurriñas con afanes separatistas, y, mientras ellos discuten por una España de galgos y podencos, el trabajo es cada día más precario, disminuyen los derechos y crecen las hipotecas, los ricos siguen robando a mansalva a los pobres, les estafan, les acorralan y además se enorgullecen de ello publicando los enormes beneficios de sus negocios sucios bendecidos por la ilegalidad vigente.

Los obispos predican la guerra santa desde sus púlpitos y sus fieles enardecidos rezan y cantan, desfilan y procesionan, exhuman a sus presuntos mártires y avivan las inquisitoriales hogueras. Cortinas de humo y nubes de un incienso que huele a pólvora. Los españoles que no pueden ser otra cosa y los que no quieren serlo por más tiempo se enzarzan, azuzados por sus líderes irredentos. El patriotismo consiste, como decía el clarividente humorista Perich, en que un gilipollas se sienta orgulloso de que un genio haya nacido en la casa de al lado. Mariano Rajoy viene de proclamar que él se siente orgullosísimo de toda la Historia de España, gilipollez patriótica en grado sumo, delito de lesa imbecilidad.

martes 20 de noviembre de 2007

No basta que el médico haga por su parte cuanto debe hacer, si por la suya no concurren al mismo objeto el enfermo, los asistentes y demás circunstancias exteriores.
(hipocrates)


OPERETA KOLEKTEROL,.-ALEJANDOR DOLINA-Lo que me costó el amor de Laura

La opereta es un género dramático músical de signo ligero y motivos satíricos que alterna pasajes hablados con fragmentos cantados, muy parecido a la zarzuela (no confundir con la que lleva pescado y cosas ricas que Antonio, el chef de Katena, elabora de maravilla). Su nacimiento se sitúa en torno a la segunda mitad del siglo XIX y sus principales focos de propagación y creación fueron en Viena, París, Barcelona y Madrid

domingo 18 de noviembre de 2007

NOTAS DE SOCIEDAD.- COMIDA NAVIDAD BIOTECNOLOGIA



Como me pareció que estas notas de sociedad quedaban un poco sosas, pues me he permitido la travesura de esta fantasía, para intentar hacerlas un poco mas divertidas y de camino animar al personal a que pasemos juntos una buena comida de navidad. Espero que nadie de los implicados en el invento se sienta ofendido y se lo tome con una sencilla y amplia sonrisa navideña

NOTAS DE SOCIEDAD.- COMIDA NAVIDAD ADMINISTRACION

jueves 8 de noviembre de 2007

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